Por Sebastián Fest

A veces celebramos lo que es normal. Y otras veces, lo anormal. Que Lionel Messi hable de lo que sucedió el año pasado en el Mundial de Rusia debería ser normal. Y por normal, no habría que celebrarlo. El detalle es que Messi lo hizo nueve meses después de los hechos. Un embarazo. No es normal.

Que Ricardo Centurión se confiese por televisión y diga que no puede dormir, que no puede parar de salir, es anormal. Que su terapeuta en vivo sea un campeón mundial como Oscar Ruggeri es más anormal aún. Pero lo celebramos, nos espantamos un poco y nos reímos bastante, como si todo eso no hiciese demasiado ruido. Nos parece normal.

El hilo que une a ambos hechos es la televisión, el hecho informativo transformado en un espectáculo al que también se sumó Javier Mascherano diciendo que varios de los integrantes de la Selección no estaban “a la altura de un Mundial” en aquel paso alucinante por Rusia 2018.

No es suficiente, claro. Sirve que Messi deje en claro que lo van a tener que “seguir aguantando por un tiempo”, porque lo mejor que le puede pasar a la Selección es terminar con cualquier duda acerca del compromiso de su capitán. Va a estar siempre que se lo necesite en los grandes momentos. Y va a estar en Qatar 2022 buscando lo que buscó ya en otros cuatro mundiales: el título. En uno era demasiado joven y no lo dejaron jugar en el momento decisivo, en el otro Julio Grondona eligió tirar la posibilidad a la basura al poner a Diego Maradona al frente del equipo, en el tercero fue finalista y estuvo a centímetros de ser campeón del mundo. Y en el otro... El otro, Rusia 2018, se pareció demasiado a Sudáfrica 2010. Lo de Jorge Sampaoli (y todo el ciclo previo) fue también una buena posibilidad arrojada a la basura. Y ahí está el que falta: Sampaoli.

El hombre que tuvo en sus manos el destino de la Selección, el hombre que cobró (muy correctamente, la AFA tiene que hacerse cargo) millones de dólares como indemnización al dejar el cargo antes de tiempo, no tuvo eso, tiempo, para darle una explicación a muchos argentinos desconcertados por un Mundial inclasificable. Corrección: tiempo tuvo, de sobra, lo que no tiene es ganas. Y eso abre un debate: ¿es lógico dejar la dirección técnica de la Selección y no dar una mínima explicación tras un Mundial? No, no es razonable. Si a un presidente de la Nación se le exigen todo tipo de explicaciones años y años después de haber dejado el cargo, ¿por qué en el fútbol hay esos privilegios? Otra vez, lo normal y lo anormal. Lo de Sampaoli es anormal, pero se lo pasa por alto, se lo transforma en normal. No está lejos el hombre, de Buenos Aires. A dos horas y media de vuelo desde Brasil. Quizás impulsado por lo que han venido contando hombres como Messi y Mascherano, Sampaoli decida un día ofrecer su versión y se olvide de lo que le pidió al departamento de prensa de Santos: nada de entrevistas, mucho menos con medios argentinos.

El Mundial, siempre el Mundial. Ruggeri le dijo algo muy potente a Centurión: “Vos podés jugar un Mundial, no te pierdas la oportunidad de jugar un Mundial”. Pero Centurión, hombre y futbolista sin rumbo hoy, expuesto como nadie debería serlo, le dice que no puede dormir, que quiere salir.

¿Qué conclusiones sacó el fútbol argentino tras el increíble diálogo entre Ruggeri y Centurión? Pocas, todo queda por ahora en el ruido y las bromas crueles. Racing fue y volvió con la invitación para que el jugador celebrara el título junto al resto del equipo en el Cilindro de Avellaneda y, como siempre, nada se escuchó de la AFA. Poco y nada dijo la institución tras el fracaso en Rusia, menos se va a meter en un tema tan espinoso como es el de un futbolista que se incinera en público y le baja a jóvenes jugadores la idea de que se pueden romper todas las reglas y así y todo llegar a ser figura en la Primera división del fútbol argentino.

¿Que su paso por Europa fue un fracaso? Bueno, el fútbol argentino tiene el nivel del europeo, contestarán muchos. No se perdió demasiado. ¿Que así va a ver el Mundial por TV? Bueno, Qatar está demasiado lejos, quién sabe que pueda pasar hasta entonces.

Mientras se le busca (¡ojalá!) a Centurión la solución que nadie encuentra, la pregunta es una, ¿cuántos otros “centuriones” hay hoy en el fútbol argentino? Y la certeza, amarga: todo esto no es normal, pero va a seguir siendo así.